Mensaje a la Cumbre de La Madre Tierra. por Eduardo Galeano

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Mensaje a la Cumbre de la Madre Tierra

20-04-10
Por Eduardo
Galeano




Ojalá seamos capaces de hablar poco y hacer mucho. Graves daños nos ha hecho, y nos sigue haciendo, la inflación palabraria, que en
América latina es más nociva que la inflación monetaria. Y también, y
sobre todo, estamos hartos de la hipocresía de los países ricos, que nos
están dejando sin planeta mientras pronuncian pomposos discursos para
disimular el secuestro.


“Los derechos humanos y los derechos de la naturaleza son dos nombres de la misma dignidad” Lamentablemente, no podré estar con ustedes. Se me
atravesó un palo en la rueda, que me impide viajar. Pero quiero
acompañar de alguna manera esta reunión de ustedes, esta reunión de los
míos, ya que no tengo más remedio que hacer lo poquito que puedo y no lo
muchito que quiero.


Y por estar sin estar estando, al menos les envío estas palabras.


Quiero decirles que ojalá se pueda hacer todo lo posible, y lo imposible también, para que la Cumbre de la Madre Tierra sea la primera etapa
hacia la expresión colectiva de los pueblos que no dirigen la política
mundial, pero la padecen.


Ojalá seamos capaces de llevar adelante estas dos iniciativas del compañero Evo, el Tribunal de la Justicia Climática y el Referéndum
Mundial contra un sistema de poder fundado en la guerra y el derroche,
que desprecia la vida humana y pone bandera de remate a nuestros bienes
terrenales.


Ojalá seamos capaces de hablar poco y hacer mucho. Graves daños nos ha hecho, y nos sigue haciendo, la inflación palabraria, que en América
latina es más nociva que la inflación monetaria. Y también, y sobre
todo, estamos hartos de la hipocresía de los países ricos, que nos están
dejando sin planeta mientras pronuncian pomposos discursos para
disimular el secuestro.


Hay quienes dicen que la hipocresía es el impuesto que el vicio paga a la virtud. Otros dicen que la hipocresía es la única prueba de la
existencia del infinito. Y el discurserío de la llamada “comunidad
internacional”, ese club de banqueros y guerreros, prueba que las dos
definiciones son correctas.


Yo quiero celebrar, en cambio, la fuerza de verdad que irradian las palabras y los silencios que nacen de la comunión humana con la
naturaleza. Y no es por casualidad que esta Cumbre de la Madre Tierra se
realiza en Bolivia, esta nación de naciones que se está redescubriendo a
sí misma al cabo de dos siglos de vida mentida.


Bolivia acaba de celebrar los diez años de la victoria popular en la guerra del agua, cuando el pueblo de Cochabamba fue capaz de derrotar a
una todopoderosa empresa de California, dueña del agua por obra y gracia
de un gobierno que decía ser boliviano y era muy generoso con lo ajeno.


Esa guerra del agua fue una de las batallas que esta tierra sigue librando en defensa de sus recursos naturales, o sea: en defensa de su
identidad con la naturaleza.


Hay voces del pasado que hablan al futuro.


Bolivia es una de las naciones americanas donde las culturas indígenas han sabido sobrevivir, y esas voces resuenan ahora con más fuerza que
nunca, a pesar del largo tiempo de la persecución y del desprecio.


El mundo entero, aturdido como está, deambulando como ciego en tiroteo, tendría que escuchar esas voces. Ellas nos enseñan que nosotros, los
humanitos, somos parte de la naturaleza, parientes de todos los que
tienen piernas, patas, alas o raíces. La conquista europea condenó por
idolatría a los indígenas que vivían esa comunión, y por creer en ella
fueron azotados, degollados o quemados vivos.


Desde aquellos tiempos del Renacimiento europeo, la naturaleza se convirtió en mercancía o en obstáculo al progreso humano. Y hasta hoy,
ese divorcio entre nosotros y ella ha persistido, a tal punto que
todavía hay gente de buena voluntad que se conmueve por la pobre
naturaleza, tan maltratada, tan lastimada, pero viéndola desde afuera.


Las culturas indígenas la ven desde adentro. Viéndola, me veo. Lo que contra ella hago, está hecho contra mí. En ella me encuentro, mis
piernas son también el camino que las anda.


Celebremos, pues, esta Cumbre de la Madre Tierra. Y ojalá los sordos escuchen: los derechos humanos y los derechos de la naturaleza son dos
nombres de la misma dignidad.


Vuelan abrazos, desde Montevideo.

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